El otro "Pepe" Bianco: las cartas que revelan su relación con otros grandes escritores

Por Por Osvaldo Aguirre - 20/02/2019

"Epistolario" es una recopilación de la correspondencia que mantuvo con notables autores desde sus años de juventud hasta poco antes de morir. Su amistad con Bioy Casares, la desconfianza de Borges y sus peleas con Victoria Ocampo en la revista "Sur", entre otras historias.

El escritor, el editor, el amigo, el amante. Todas las facetas de José "Pepe" Bianco (Buenos Aires, 1911-1986) se revelan en Epistolario, una recopilación de la correspondencia que mantuvo con notables escritores desde sus años de juventud hasta poco antes de morir.

El conjunto de cartas reunido tras una larga investigación no solo completa el retrato de uno de los grandes autores de la literatura argentina sino también su obra y descubre los detalles de sucesos como la ruptura y la posterior reconciliación con Victoria Ocampo, la relación de amistad y simultánea desconfianza que sostuvo con Jorge Luis Borges y los frecuentes roces con Héctor Murena en la redacción de la revista Sur.

Publicado por Eudeba en la Serie de los dos siglos, Epistolario incluye las cartas enviadas por Bianco a Victoria, Silvina y Angélica Ocampo, María Rosa Oliver, Adolfo Bioy Casares, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Enrique Krauze, Elena Garro y Adrienne Monnier, entre otros corresponsales, y fragmentos de un diario personal que se conserva en la Universidad de Princeton. La edición, organizada por destinatarios y anotada con una extraordinaria cantidad de datos y referencias de época, tiene prólogos de Daniel Balderston y María Julia Rossi y un epílogo de Eduardo Paz Leston, quienes estuvieron a cargo de la recopilación de la correspondencia.

Bianco se desempeñó como jefe de redacción de la revista Sur entre 1938 y 1961, trabajó como editor en Eudeba y en el Centro Editor de América Latina, junto a Boris Spivacow e hizo traducciones para Sudamericana, a pedido de Francisco Paco Porrúa. La correspondencia documenta esa intensa actividad y también las ideas que sostienen su obra literaria, integrada por las nouvelles Las ratas (1943, publicada con prólogo de Borges) y Sombras suele vestir (1944) y la novela La pérdida del reino (1972).

En sus cartas el trabajo como escritor aparece una y otra vez postergado por sus obligaciones en la revista Sur, y las dudas y los defectos que encuentra en sus textos son el reverso del reconocimiento y la admiración que manifiesta hacia los demás. "Mi obra literaria es ínfima", le dice en 1970 al traductor y ensayista norteamericano James Irby, a quien le pide un "piadoso silencio" sobre su primer libro, La pequeña Gyaros (1932), y algunos artículos de juventud.

"El estilo es perfecto -escribe Bianco a Bioy Casares a propósito de la novela La invención de Morel-. Me gustaría escribir de esa manera. Desgraciadamente, no escribiría en ese caso. No puedo mantenerme en un plano abstracto. Enturbio todo lo que escribo con colores, con epítetos, con observaciones de una perspicacia vulgar". Su admiración es todavía mayor hacia Silvina Ocampo, al punto de corregir las pruebas de imprenta de varios sus libros, una tarea que, en cambio, le resultaba desagradable de realizar con los propios escritos.

La correspondencia demuestra que la ruptura con Victoria Ocampo fue el desenlace de un lento pero sostenido desgaste provocado por la rutina y las particularidades de la redacción. En 1954 Bianco le pide excusas a Silvina Ocampo por no haber contestado antes una carta, "pero el trabajo de la revista se hace cada día más absorbente; cada día hay más cuestiones estúpidas, más complicaciones; cada día me quedo hasta más tarde en este antro". Más tarde se queja ante la directora de Sur por la sobrecarga de tareas, que cumple "prácticamente solo", señala ciertos destratos -no tiene llave de la oficina, "es francamente el colmo"- y reclama un aumento de sueldo, porque su salario está por debajo de lo que percibe "cualquier joven (que ingrese) en un diario o en una editorial" y también "de lo que gana un cocinero que tiene casa y comida".

Bianco pareció llegar además a un punto de hartazgo respecto de las veleidades y el narcisismo de los escritores con los que trataba. "¿Qué se piensan los 'creadores' de este país? -escribe a Victoria Ocampo, en 1959- ¿Que pueden escribir impunemente malas novelas y malos ensayos y que recibirán los consabidos elogios a que están acostumbrados por razones de conveniencia?". A propósito de Carmen Gándara, amiga de la casa, y de un libro para el que no encontraba un reseñador bien dispuesto, agrega: "No tengo ganas de molestarme por gente que nunca le agradecerá a uno nada porque sólo admite la adhesión incondicional. Y todavía le toman rabia y creen que uno está lanzado contra ellos en quién sabe qué ridículas politiquerías y complots literarios".

El equipo de la revista Sur comandado por Victoria Ocampo, ya sin Bianco como secretario de redacción. Lo reemplazó Enrique Pezzoni, el primero parado, a la izquierda
El equipo de la revista Sur comandado por Victoria Ocampo, ya sin Bianco como secretario de redacción. Lo reemplazó Enrique Pezzoni, el primero parado, a la izquierda
Las intervenciones de Héctor A. Murena, director de la editorial Sur, sumaron otro factor de irritación. Bianco lo asocia con Eduardo Mallea, porque "también lee a la ligera, de segunda mano", y le confía a Victoria Ocampo: "Debe estar resentido conmigo porque se dio cuenta de que no me gustó su novela y que su artículo sobre los homosexuales me pareció infecto (…) ¿Por qué escribe tan largo y dice semejantes lugares comunes?".

Las anécdotas sobre la relación de Bianco y Victoria Ocampo son frecuentes en las memorias de Sur. En Las lecciones del maestro. Homenaje a José Bianco (2006), donde Daniel Balderston reunió ensayos y testimonios sobre la obra, Sylvia Molloy recordó un encuentro con ambos en la redacción, "mi primera incursión en el mundo de las letras argentinas", donde le tocó presenciar una discusión: "Lo recuerdo como si fuera hoy, Bianco amabilísimo y Victoria, paseándose como una Valkiria indignada, tronando contra todos y en especial contra Bianco porque no encontraba un libro que se había hecho enviar desde Francia y decía que se lo habían robado. Y yo aterrada; me llevó tiempo darme cuenta de que esos desplantes eran como performances a las que todo el mundo estaba habituado".

La ruptura se produjo a principios de 1961, cuando Bianco fue invitado a La Habana para participar como jurado en el Segundo Concurso Literario de Casa de las Américas y rehusó hacer una declaración a la prensa para desligar a Sur del viaje. La razón de la negativa fue que Murena no había difundido ninguna aclaración "cuando fue invitado por el State Department a viajar a los Estados Unidos", según testimonio de Eduardo Paz Leston.

La respuesta de Victoria Ocampo fue publicar un editorial donde afirmaba que la invitación a Bianco era personal y "nada tiene que ver su viaje con la revista donde trabaja", a lo que siguió un telegrama de Bianco: "Felicitaciones por haber obtenido usted y Murena mi renuncia indeclinable a Sur con su inconcebible declaración". La enemistad se reavivó cuando la revista francesa L´Herne dedicó un número a Borges, en 1964, donde Victoria volvió a hablar de sus diferencias con Bianco. El distanciamiento duró seis años.

En otras cartas de la época, Bianco dejó testimonio del impacto que le produjeron Cuba y los cambios de la Revolución en marcha. "Es algo extraordinario. Todo lo que se dice en contra tergiversa la verdad", le advirtió a Juan José Hernández. "¡Qué ejemplo para Hispanoamérica! (…) ¿Cómo pueden haber realizado en tan poco tiempo reformas tan esenciales, inspiradas en el buen sentido y en el bienestar común?", comentó con María Rosa Oliver.

La impresión empezó a cambiar durante su segunda visita a la isla, en 1968, cuando fue jurado de un tristemente célebre concurso literario convocado por la Unión Nacional de Estudiantes y Artistas Cubanos. Los organizadores estuvieron en desacuerdo con las obras premiadas –Fuera de juego, de Heberto Padilla, y Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat– por juzgarlas contrarrevolucionarias. "Allí está triunfando la línea dura. No se sabe si son consignas que vienen de arriba, o es a causa de ciertos funcionarios", le contó Bianco a Oliver en una carta en la que señaló a Nicolás Guillén, "el miserable de (José Antonio) Portuondo" y "un tal (Félix) Pita Rodríguez" como voceros de las objeciones.

No obstante, Bianco se mantuvo distante de las discusiones ideológicas. Se definía como "la antítesis de un fanático", cualquiera fuera su posición, aunque tomó decisiones que implicaban una definición política -como la renuncia a Eudeba en 1966, después de la Noche de los bastones largos y la intervención de las universidades públicas por parte de la dictadura de Juan Carlos Onganía- y preservó su afecto hacia Cuba: "Ha dejado en mí un recuerdo entrañable. Le tengo tanto afecto como a mi propio país", le dijo a Mario Vargas Llosa.

En los años 70, la escritora mexicana Elena Garro lo creyó comunista. "La política es fatal -contestó Bianco, a propósito de la época-. Todo es muy triste. Lo único que queda es escribir y recibir cartas".

La literatura como conversación entre amigos

Según Daniel Balderston, las cartas permiten "volver a escuchar la voz de Bianco, de Pepe, como todos lo llamaban". Esa sería una coincidencia con Borges: "Para ambos, la literatura guarda una estrecha relación con una buena conversación entre amigos, en que mucho queda insinuado, sugerido, y en la que se requiere la inteligencia y la imaginación del interlocutor".

Bianco, también como Borges, parecía disfrutar más de los libros que había leído que de aquellos que había escrito. En sus cartas aparece una concepción del lector como un cómplice del escritor tanto o más creativo, porque puede agregar, en el recuerdo de una obra, escenas y situaciones que no estaban en la original.
La correspondencia se construye como un correlato de la conversación oral, una forma de mantenerse en contacto cuando la distancia impide el encuentro. Sin embargo, para Bianco las cartas no compensan la inmediatez y las posibilidades del diálogo personal: "Me quedan tantas cosas que decir, pero escribir me fatiga. La letra escrita no reemplaza la palabra. ¡Cuanto más fácil y auténtico es conversar, estar cerca de los amigos que realmente queremos!", le dice al escritor mexicano Juan García Ponce.

La ansiedad por recibir una respuesta inmediata, la frustración cuando los corresponsales se demoran o suspenden el intercambio y hasta la sospecha de que en el correo demoran a propósito sus cartas son notas frecuentes en la escritura de Bianco. Temía que le pasara como a los personajes de una novela de Maurice Baring, "que giraba sobre una carta enviada y no leída por la destinataria sino cuando el destino había dado un rumbo por poco irreversible a la vida de los protagonistas".

Borges es una referencia constante y ambivalente en la correspondencia de Bianco, y al parecer también lo fue en su conversación cotidiana. En el segundo tomo de sus diarios, Ricardo Piglia le atribuye una frase que condensa cierta inquietud: "Cada vez que me siento a escribir siento que Borges me mira por encima del hombro".

Si esa mirada podía significar la consagración, Bianco pareció desentenderse de las especulaciones a través de la ironía. En una carta a Bioy Casares cuenta que Borges "anda envuelto en uno de sus enredos absurdos", la dirección de la revista Los Anales de Buenos Aires (1946-1948), que "le harán perder el tiempo y durante varios números no aparecerá nada suyo en Sur". En otra, enviada a Elena Garro, relata el encuentro que mantuvieron en una comida: "Nos hicimos promesas de afecto, pero no nos engañemos: me tiene desconfianza. Cosa, dicha sea de paso, que me importa un bledo".

La escritora mexicana estaba preocupada por la situación en Argentina después del triunfo de Héctor Cámpora en las elecciones del 11 de marzo de 1973. " ¿Cómo se te ocurre que Borges tiene su vida en peligro? -le respondió Bianco- (…) Ahora, una cosa es Borges, el Borges que escribe poemas, cuentos, artículos y otra cosa es el Borges que hace declaraciones en los diarios y que dice pavada tras pavada que ni siquiera son graciosas". Bianco valoró el respeto que le demostró Borges ante su renuncia a Sur, a diferencia de otros escritores que le volvieron la espalda. También ironizaba sobre la imagen pública del autor de El Aleph -"el que todo le sabe", decía- y pensaba que había contribuido a los estereotipos de la crítica sobre su obra: "No creo que Henry James haya influido en Sombras suele vestir ni en Las ratas. Son cosas de Borges", le dijo a James Irby.

El reconocimiento que recibió como escritor fue creciente en sus últimos años. "Hoy muchos piensan que es Bianco quien debe mirar a Borges por encima del hombro", anotó Piglia en sus diarios. La publicación de Epistolario puede aportar nuevos argumentos para sostener esa opinión.

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